I. Atrévete a saber
(Véase diciembre de 1783, p. 516).1
La ilustración es la salida del hombre de su minoría de edad, de la que él mismo es culpable. La minoría de edad es la incapacidad de servirse del propio entendimiento sin la guía de otro. Uno mismo es culpable de esta minoría de edad cuando su causa no reside en la falta de entendimiento, sino en la falta de decisión y de valor para servirse de él sin la guía de otro. Sapere aude!2 ¡Ten valor para servirte de tu propio entendimiento!: he ahí, pues, el lema de la ilustración.
La pereza y la cobardía son las causas de que una parte tan grande de los hombres, después de que la naturaleza los haya liberado hace mucho de la guía ajena (naturaliter maiorennes, mayores de edad por naturaleza), permanezcan con gusto toda su vida en la minoría de edad, y de que a otros les resulte tan fácil erigirse en sus tutores. ¡Es tan cómodo ser menor de edad! Si tengo un libro que tiene entendimiento por mí, un director espiritual que tiene conciencia por mí, un médico que juzga por mí acerca de mi dieta, etc., no necesito esforzarme yo mismo. No me hace falta pensar, con tal de que pueda pagar; otros asumirán por mí la fastidiosa tarea. Que la inmensa mayoría de los hombres (y entre ellos todo el bello sexo) tenga el paso a la mayoría de edad, además de por molesto, por muy peligroso, de eso ya se encargan aquellos tutores que tan bondadosamente han tomado sobre sí la supervisión de los demás. Después de haber entontecido primero a su ganado doméstico y de haber impedido cuidadosamente que estas pacíficas criaturas se atrevieran a dar un solo paso fuera del andador en que las encerraron, les muestran después el peligro que las amenaza si intentan andar solas. Ahora bien, este peligro no es tan grande, pues tras algunas caídas acabarían aprendiendo a andar; pero un ejemplo de esa clase intimida y suele disuadir de todo intento ulterior.
Es, pues, difícil para cada hombre en particular salir de la minoría de edad que casi se ha convertido en su naturaleza. Incluso le ha tomado cariño y por ahora es realmente incapaz de servirse de su propio entendimiento, porque nunca se le ha dejado hacer la prueba. Preceptos y fórmulas, esos instrumentos mecánicos de un uso racional, o más bien de un abuso, de sus dotes naturales, son los grilletes de una perpetua minoría de edad. Quien se los quitara daría, sin embargo, un salto inseguro aun sobre la zanja más estrecha, porque no está habituado a semejante libertad de movimiento. Por eso son pocos los que, con el cultivo de su propio espíritu, han logrado salir de la minoría de edad y andar, sin embargo, con paso seguro.
Pero que un público se ilustre a sí mismo es más posible; más aún, si se le deja libertad, es casi inevitable. Porque siempre se encontrarán algunos que piensen por sí mismos, incluso entre los tutores establecidos de la gran masa, quienes, después de haberse sacudido ellos mismos el yugo de la minoría de edad, difundirán a su alrededor el espíritu de una estimación racional del propio valor y de la vocación de cada hombre a pensar por sí mismo. Lo particular en esto es que el público, al que antes ellos sometieron a este yugo, los obliga después a permanecer bajo él cuando lo instigan a ello algunos de sus tutores incapaces ellos mismos de toda ilustración: tan perjudicial es sembrar prejuicios, porque al final se vengan de aquellos mismos que, o cuyos predecesores, fueron sus autores. Por eso un público solo puede llegar lentamente a la ilustración. Mediante una revolución se logrará quizá la caída de un despotismo personal y de una opresión ávida de lucro o de dominio, pero nunca una verdadera reforma del modo de pensar; antes bien, nuevos prejuicios servirán, lo mismo que los antiguos, de andaderas a la gran masa irreflexiva.
- Kant se refiere a una nota del predicador berlinés Johann Friedrich Zöllner en su artículo sobre el matrimonio civil (Berlinische Monatsschrift, diciembre de 1783, p. 516): «¿Qué es la ilustración? Esta pregunta, que es casi tan importante como “¿qué es la verdad?”, debería responderse antes de empezar a ilustrar. ¡Y todavía no la he encontrado respondida en ninguna parte!». ↩
- «¡Atrévete a ser sabio!» — Horacio, Epístolas I, 2, 40. ↩