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El oráculo de Delfos

20c–23c

Quizá alguno de vosotros podría replicar: «Pero, Sócrates, ¿cuál es tu ocupación? ¿De dónde te han venido estas calumnias? Porque, sin duda, si no te ocuparas de nada más extraordinario que los demás, no habría surgido tanta fama y tantas habladurías, a no ser que hicieras algo distinto de lo que hace la mayoría. Dinos, pues, qué 20d es, para que no juzguemos sobre ti a la ligera». Me parece que quien dice esto habla con justicia, y yo intentaré mostraros qué es lo que me ha dado este nombre y esta calumnia. Escuchad, pues. Quizá a algunos de vosotros os parezca que bromeo; sabed bien, sin embargo, que os diré toda la verdad. Pues yo, atenienses, he adquirido este nombre por nada más que por una cierta sabiduría. ¿Qué sabiduría es esta? La que es, quizá, sabiduría humana; pues en esta es posible que yo sea realmente sabio. En cambio, aquellos de los que hablaba hace 20e un momento quizá sean sabios con una sabiduría mayor que la humana, o no sé cómo llamarla; porque yo, desde luego, no la poseo, y quien diga que la poseo miente y lo dice para calumniarme. Y, atenienses, no alborotéis, aunque os parezca que digo algo presuntuoso; pues no es mía la palabra que voy a decir, sino que os remitiré a alguien digno de vuestra confianza. Como testigo de mi sabiduría, si es que es alguna y de qué clase, os presentaré al dios de Delfos. Conocéis sin duda a Querefonte.

Este 21a fue amigo mío desde la juventud y amigo también de vuestro partido popular; compartió con vosotros el reciente destierro y volvió con vosotros.1 Y sabéis cómo era Querefonte: qué vehemente en cualquier cosa que emprendía. Pues bien, una vez fue a Delfos y se atrevió a consultar al oráculo esto —y, como digo, señores, no alborotéis—: preguntó si había alguien más sabio que yo. Y la Pitia2 respondió que nadie era más sabio. De esto os dará testimonio su hermano, aquí presente, puesto que él ha muerto. 21b

Considerad por qué os digo esto: voy a mostraros de dónde me ha venido la calumnia. Cuando oí aquello, reflexioné así: «¿Qué quiere decir el dios y qué enigma propone? Porque yo no tengo conciencia de ser sabio ni mucho ni poco. ¿Qué quiere decir, pues, al afirmar que yo soy el más sabio? Desde luego, no miente; no le es lícito». Durante mucho tiempo estuve perplejo sobre lo que quería decir; después, muy a mi pesar, me dirigí a investigarlo de este modo. Fui a uno de los que pasaban por sabios, pensando 21c que allí, si en alguna parte, refutaría el oráculo y le mostraría: «Este es más sabio que yo, y tú dijiste que lo era yo». Examinando, pues, a este hombre —no necesito decir su nombre; era uno de los políticos, con quien, al examinarlo, atenienses, me ocurrió algo así— y conversando con él, me pareció que este hombre parecía sabio a muchos otros y, sobre todo, a sí mismo, pero que no lo era; y luego intenté mostrarle que creía ser sabio, pero no lo era. 21d Con ello me gané su odio y el de muchos de los presentes. Al marcharme, razonaba conmigo mismo: «Yo soy más sabio que este hombre. Es probable que ninguno de los dos sepa nada bello ni bueno; pero él cree saber algo sin saberlo, mientras que yo, así como no sé, tampoco creo saber. Parece, pues, que soy más sabio que él en esta pequeña cosa: que lo que no sé tampoco creo saberlo». Después fui a otro, de los que pasaban por más sabios que aquel, y 21e me pareció exactamente lo mismo; y allí me gané también el odio de él y de otros muchos.

Después de esto fui ya de uno en uno, dándome cuenta, con pena y temor, de que me hacía odioso; pero, con todo, me parecía necesario dar la mayor importancia a lo del dios. Debía ir, pues, para examinar qué quería decir el oráculo, a todos los que 22a pasaban por saber algo.

Y, ¡por el perro!, atenienses3 —pues debo deciros la verdad—, esto es lo que me ocurrió: los de mayor reputación me parecieron, al investigar según el dios, casi los más deficientes, mientras que otros que parecían inferiores eran hombres mejor dotados para la sensatez. Debo, pues, exponeros mi peregrinación, como si soportara ciertos trabajos,4 para que el oráculo resultara irrefutable. Después de los políticos fui a los poetas, a los de tragedias, a los de 22b ditirambos y a los demás, pensando que allí me sorprendería en flagrante siendo más ignorante que ellos. Tomando, pues, los poemas suyos que me parecían más elaborados, les preguntaba qué querían decir, para aprender al mismo tiempo algo de ellos. Me avergüenza deciros la verdad, señores; sin embargo, hay que decirla. Por así decirlo, casi todos los presentes habrían hablado mejor que ellos sobre los poemas que ellos mismos habían compuesto. Así pues, también respecto de los poetas comprendí en poco tiempo que no hacen por sabiduría 22c lo que hacen, sino por cierto don natural y por inspiración, como los adivinos y los que pronuncian oráculos; pues también estos dicen muchas cosas hermosas, pero no saben nada de lo que dicen. Algo semejante me pareció que les ocurría también a los poetas; y al mismo tiempo me di cuenta de que, a causa de la poesía, se creían también los más sabios de los hombres en las demás cosas, en las que no lo eran. Me marché, pues, también de allí, creyendo que les llevaba la misma ventaja que a los políticos.

Por último fui a los artesanos. Pues yo tenía conciencia 22d de no saber, por así decirlo, nada, y sabía que a estos los encontraría sabiendo muchas cosas hermosas. Y en esto no me engañé: sabían cosas que yo no sabía y, en eso, eran más sabios que yo. Pero, atenienses, también los buenos artesanos me parecieron tener el mismo defecto que los poetas: por practicar bien su oficio, cada uno se creía sapientísimo también en las demás cosas, las más importantes; y este error suyo ocultaba 22e aquella sabiduría. De modo que me pregunté a mí mismo, en nombre del oráculo, si preferiría ser como soy, no siendo sabio con su sabiduría ni ignorante con su ignorancia, o tener ambas cosas que ellos tienen. Y me respondí a mí mismo y al oráculo que me convenía ser como soy.

A raíz de esta investigación, atenienses, 23a se han originado contra mí muchas enemistades, y de las más duras y graves, de modo que de ellas han nacido muchas calumnias y se me da este nombre de «sabio». Pues los presentes creen en cada ocasión que yo soy sabio en aquello en que refuto a otro. Pero lo probable, señores, es que el sabio de verdad sea el dios, y que con este oráculo quiera decir que la sabiduría humana vale poco o nada. Y parece que habla de este Sócrates y se sirve 23b de mi nombre tomándome como ejemplo, como si dijera: «El más sabio de vosotros, hombres, es el que, como Sócrates, ha reconocido que en verdad no vale nada en cuanto a sabiduría». Así pues, yo todavía ahora voy por ahí buscando e indagando, según el dios, a cualquier ciudadano o extranjero que crea que es sabio; y cuando no me lo parece, acudo en ayuda del dios y le demuestro que no es sabio. Y a causa de esta ocupación no he tenido tiempo libre para hacer nada digno de mención en los asuntos de la ciudad ni en los míos, sino que vivo 23c en extrema pobreza por mi servicio al dios.

  1. Bajo los Treinta Tiranos (404-403 a. C.) muchos demócratas tuvieron que exiliarse; regresaron al restablecerse la democracia. ↩
  2. La sacerdotisa de Apolo en Delfos, por cuya boca el dios daba sus oráculos. ↩
  3. Juramento predilecto de Sócrates. ↩
  4. Alusión a los trabajos de Heracles. ↩