Libro III
3.1–16
1 No solo hay que tener en cuenta que la vida se consume cada día y que nos va quedando una parte menor de ella, sino también esto: que, si uno vive más tiempo, no es seguro que su inteligencia vaya a seguir siendo igualmente capaz de comprender las cosas y de la contemplación que tiende al conocimiento de lo divino y lo humano. Pues si empieza a chochear, no le faltarán la respiración, la nutrición, la imaginación, los impulsos y todo lo demás de ese tipo; pero la capacidad de disponer de sí mismo, de calcular con exactitud las exigencias del deber, de analizar las apariencias, de juzgar si ha llegado ya el momento de salir de la vida, y todo cuanto requiere un razonamiento bien ejercitado, se extingue antes. Hay que apresurarse, pues, no solo porque a cada momento estamos más cerca de la muerte, sino también porque la comprensión de las cosas y la atención a ellas se nos acaban antes.
2 Hay que observar también cosas como esta: que incluso lo que sobreviene accesoriamente en las obras de la naturaleza tiene cierta gracia y atractivo. Por ejemplo, al cocerse el pan, algunas partes se agrietan; y estas grietas, que en cierto modo van contra el propósito del arte del panadero, resultan de algún modo atractivas y excitan de manera particular el apetito.
Asimismo, los higos, cuando están más maduros, se abren; y en las aceitunas maduras a punto de caer, la proximidad misma de la podredumbre añade al fruto una belleza propia. Las espigas que se inclinan hacia el suelo, la piel arrugada de la frente del león, la espuma que fluye de la boca de los jabalíes y muchas otras cosas, si uno las mirara por separado, están lejos de ser hermosas; pero, por acompañar a las obras de la naturaleza, contribuyen a adornarlas y deleitan;
de modo que, si uno tiene sensibilidad y una comprensión más profunda de lo que sucede en el universo, casi nada, ni siquiera de lo que sobreviene como consecuencia, dejará de parecerle que se integra con cierto encanto en el conjunto. Ese hombre contemplará las fauces abiertas de las fieras reales con no menos placer que las que imitan los pintores y escultores; podrá ver, con sus ojos sensatos, cierta madurez y lozanía en la anciana y en el anciano, y el encanto de los niños; y muchas cosas semejantes, que no convencen a todos, se le presentarán solo a quien se ha familiarizado de verdad con la naturaleza y sus obras.
3 Hipócrates, después de curar muchas enfermedades, enfermó él mismo y murió. Los caldeos predijeron la muerte de muchos, y luego también a ellos les alcanzó el destino. Alejandro, Pompeyo y Cayo César, tras arrasar tantas veces ciudades enteras y despedazar en el campo de batalla a muchas decenas de miles de jinetes y soldados de a pie, también ellos acabaron saliendo de la vida. Heráclito, después de tantas especulaciones sobre la conflagración del universo, lleno de agua por dentro, murió embadurnado de estiércol.1 A Demócrito lo mataron los piojos; a Sócrates, otros piojos.2 ¿Qué significa esto? Te embarcaste, navegaste, arribaste: desembarca. Si es a otra vida, nada está vacío de dioses, tampoco allí; y si es a la insensibilidad, dejarás de soportar dolores y placeres y de servir a un recipiente tanto más vil cuanto más noble es lo que le sirve: pues esto es inteligencia y divinidad; aquello, tierra y sangre corrompida.
4 No malgastes la parte de vida que te queda en pensamientos sobre los demás, a no ser que los refieras a algún bien común. Pues te privas de otra tarea al imaginar qué hace fulano y por qué, qué dice, qué piensa, qué trama, y todo lo que te hace desviarte de la vigilancia de tu propia parte rectora.
Hay que evitar, pues, en el encadenamiento de los pensamientos, lo que es al azar y en vano, y sobre todo la curiosidad y la malicia; y hay que acostumbrarse a pensar solo aquello sobre lo cual, si alguien te preguntara de repente «¿en qué piensas ahora?», pudieras responder al instante con franqueza «en esto y en aquello»; de modo que por tu respuesta quedara claro enseguida que todo en ti es sencillo y benévolo y propio de un ser social, que no se preocupa de pensamientos de placer o de disfrute en general, ni de rivalidad, envidia, sospecha o cualquier otra cosa que te hiciera ruborizar al confesar que la tenías en la mente.
Pues un hombre así, que ya no aplaza el estar entre los mejores, es una especie de sacerdote y servidor de los dioses, que se sirve también de la divinidad que tiene asentada en su interior, la cual hace al hombre inmaculado ante los placeres, invulnerable a todo dolor, intocable por toda injuria, insensible a toda maldad; atleta de la más grande de las luchas, la de no dejarse derribar por ninguna pasión; teñido profundamente de justicia; que acoge con toda su alma todo lo que le sucede y le toca en suerte; y que no a menudo ni sin una gran necesidad de utilidad común piensa en lo que otro dice, hace o piensa. Pues solo hace objeto de su actividad lo suyo propio, y piensa continuamente en lo que le ha sido hilado por el todo; y lo primero lo hace bello, y de lo segundo está convencido de que es bueno. Pues el destino asignado a cada uno es arrastrado con el todo y lo arrastra consigo.
Recuerda también que todo ser racional es pariente suyo, y que preocuparse de todos los hombres es conforme a la naturaleza del hombre; pero que no debe atenerse a la opinión de todos, sino solo a la de quienes viven de acuerdo con la naturaleza. En cuanto a los que no viven así, recuerda siempre cómo son en casa y fuera de ella, de noche y de día, y con qué clase de gente se mezclan. Por eso no tiene en ninguna estima el elogio de tales hombres, que ni siquiera se agradan a sí mismos.
5 No obres contra tu voluntad, ni de manera insociable, ni sin examen, ni a disgusto; que la elegancia no adorne tu pensamiento; no seas ni charlatán ni entrometido. Además, que el dios que hay en ti sea guía de un ser varonil, maduro, ciudadano, romano y gobernante, que ha ocupado su puesto como quien espera la señal que lo llame de la vida, dispuesto a partir, sin necesitar juramento ni testigo alguno. Que haya en ti alegría, y que no necesites ayuda de fuera ni la tranquilidad que otros proporcionan. Hay que ser recto, no enderezado.
6 Si encuentras en la vida humana algo mejor que la justicia, la verdad, la templanza, el valor y, en una palabra, que el que tu inteligencia se baste a sí misma en aquello en que te hace obrar conforme a la recta razón, y se conforme con el destino en lo que te toca sin haberlo elegido; si ves, digo, algo mejor que esto, vuélvete hacia ello con toda tu alma y disfruta de lo mejor que has encontrado.
Pero si nada parece mejor que la divinidad misma asentada en ti, que ha sometido a sí misma sus propios impulsos, examina sus representaciones, se ha apartado, como decía Sócrates, de las sugestiones de los sentidos, se ha sometido a los dioses y cuida de los hombres; si encuentras todo lo demás más pequeño y más vil que esto, no des lugar a ninguna otra cosa, pues, una vez que te inclines y desvíes hacia ella, ya no podrás, sin distracción, preferir por encima de todo aquel bien que es propiamente tuyo.
Pues no es lícito oponer al bien racional y social nada de otro género, como el elogio de la multitud, el poder, la riqueza o el disfrute de los placeres. Todas estas cosas, aunque por un momento parezcan armonizar, de pronto se imponen y te arrastran. Tú, digo, elige sencilla y libremente lo mejor y aférrate a ello. «Pero lo mejor es lo útil». Si es útil para ti como ser racional, consérvalo; si solo como animal, dilo, y mantén tu juicio sin arrogancia; solo procura hacer el examen con seguridad.
7 No consideres nunca útil para ti lo que un día te obligue a violar la palabra dada, a abandonar el pudor, a odiar a alguien, a sospechar, a maldecir, a fingir, a desear algo que necesite paredes y cortinas. Pues quien ha preferido por encima de todo su propia inteligencia y su divinidad y el culto de su virtud no hace escenas trágicas, no gime, no necesitará ni soledad ni muchedumbre; y, lo más importante, vivirá sin perseguir ni huir; y si va a disponer por más o menos tiempo de su alma encerrada en el cuerpo, no le preocupa en absoluto. Pues, aunque tuviera que partir ahora mismo, se irá con la misma soltura con que haría cualquier otra cosa que pueda hacerse con pudor y decoro, cuidando durante toda su vida solo de esto: de que su inteligencia no se encuentre nunca en un estado impropio de un ser racional y social.
8 En la mente del hombre disciplinado y purificado no encontrarás nada purulento, nada manchado, ninguna llaga oculta. Ni el destino le sorprende con la vida inacabada, como podría decirse del actor que se retira antes de terminar y representar la obra entera. No hay en él nada servil, nada afectado, nada dependiente, nada desgajado, nada que deba rendir cuentas, nada que se oculte.
9 Venera tu facultad de juzgar. De ella depende todo, para que no surja en tu parte rectora ningún juicio en desacuerdo con la naturaleza y con la constitución del ser racional. Y ella promete la ausencia de precipitación, la familiaridad con los hombres y la obediencia a los dioses.
10 Arroja, pues, todo lo demás y quédate solo con estas pocas cosas; y recuerda además que cada uno vive solo este presente, este instante; lo demás, o ya se ha vivido o es incierto. Pequeña es, pues, la vida que cada uno vive; pequeño el rincón de la tierra donde vive; pequeña también la fama póstuma más larga, y aun esta transmitida por una sucesión de hombrecillos que morirán muy pronto y que no se conocen ni a sí mismos, cuanto menos al que murió hace tiempo.
11 A los recursos ya mencionados añádase uno más: hacer siempre una definición o descripción de lo que se presenta a la mente, para ver qué es en su esencia, desnudo, por entero y por partes, y decirse a sí mismo su nombre propio y los nombres de las cosas de que se compuso y en las que se disolverá.
Pues nada produce tanta grandeza de ánimo como poder examinar con método y verdad cada una de las cosas que se presentan en la vida, y mirarlas siempre de tal modo que se considere a la vez qué clase de universo es este y qué utilidad presta en él esa cosa, qué valor tiene para el todo y cuál para el hombre, ciudadano de la ciudad suprema, de la que las demás ciudades son como casas; qué es, de qué se compone y cuánto tiempo está destinada a durar esta cosa que ahora me produce una impresión, y qué virtud necesito ante ella: mansedumbre, valor, veracidad, lealtad, sencillez, autosuficiencia, etc.
Por eso hay que decir en cada caso: esto viene de la divinidad; esto, de la conjunción y del hilo entretejido del destino, de la coincidencia y del azar; esto, de alguien de mi misma tribu, de mi linaje, de mi comunidad, que ignora, sin embargo, lo que para él es conforme a la naturaleza. Pero yo no lo ignoro; por eso lo trato con benevolencia y justicia, según la ley natural de la comunidad, aunque al mismo tiempo apunto a lo que cada uno merece en las cosas indiferentes.
12 Si realizas la tarea presente siguiendo la recta razón, con diligencia, con energía, con benevolencia, sin admitir nada accesorio, sino conservando tu divinidad pura y erguida, como si tuvieras que devolverla ya; si te atienes a esto sin esperar nada ni huir de nada, sino contento con la acción presente conforme a la naturaleza y con la heroica veracidad en lo que dices y pronuncias, vivirás bien. Y no hay nadie que pueda impedírtelo.
13 Así como los médicos tienen siempre a mano los instrumentos y escalpelos para las curas urgentes, así ten tú preparados los principios para conocer lo divino y lo humano, y para hacerlo todo, aun lo más pequeño, recordando el vínculo que une a ambos. Pues no harás bien nada humano sin referirlo a lo divino, ni a la inversa.
14 No vagues más. Ya no vas a leer tus pequeñas notas, ni las hazañas de los antiguos romanos y griegos, ni los extractos de sus escritos que reservabas para tu vejez. Apresúrate, pues, hacia el fin y, abandonando las vanas esperanzas, acude en tu propia ayuda, si es que te preocupas algo de ti mismo, mientras aún es posible.
15 No saben cuántas cosas significan robar, sembrar, comprar, estar en reposo, ver lo que hay que hacer, lo cual no se hace con los ojos, sino con otra clase de vista.
16 Cuerpo, alma, inteligencia: del cuerpo, las sensaciones; del alma, los impulsos; de la inteligencia, los principios. Recibir la impronta de las representaciones es propio también del ganado; ser movido como una marioneta por los impulsos, también de las fieras, de los afeminados, de Fálaris y de Nerón;3 tener la inteligencia como guía hacia lo que parecen deberes, también de los que no creen en los dioses, de los que traicionan a su patria y de los que hacen cualquier cosa una vez que han cerrado sus puertas.
Si, pues, todo lo demás es común a los que he nombrado, lo que le queda de propio al hombre bueno es amar y acoger lo que le sucede y lo que el destino ha hilado para él; no manchar ni turbar con una multitud de representaciones la divinidad asentada dentro de su pecho, sino conservarla serena, siguiendo ordenadamente a la divinidad, sin decir nada contrario a la verdad ni hacer nada contrario a la justicia. Y si todos los hombres desconfían de él porque vive con sencillez, con pudor y con buen ánimo, no se irrita con ninguno de ellos ni se aparta del camino que conduce al fin de la vida, al que debe llegar puro, sereno, dispuesto a partir, en armonía con su destino sin violencia.
- Según la tradición, Heráclito, enfermo de hidropesía, intentó curarse cubriéndose el cuerpo de estiércol. ↩
- Se contaba que Demócrito murió de piojos; los «piojos» que mataron a Sócrates son sus acusadores. ↩
- Fálaris, tirano de Acragante, en Sicilia, célebre por su crueldad; Nerón, emperador romano de 54 a 68. ↩